miércoles, 4 de enero de 2012

Érase una Navidad en familia


A ver si a la tercera entrada va la vencida y puedo contar sin irme por las ramas cómo han transcurrido los días de Nochebuena y Navidad con mi familia.

El viernes tenía previsto un brindis con mis amigos (vamos, que íbamos a quedar para tomar algo, pero dicho en plan fino) y menos mal que el evento al final no se produjo, porque como he contado en la entrada anterior, andaba yo en plan de niñera con Lola, la nueva loro de mi madre.

El sábado, día de Nochebuena, quedé con mi padre al medio día, para ir a hacer la visita de rigor a su familia. Este año la novedad es que le pedí que fuera al mediodía en lugar de por la tarde-noche, ya que siempre me daba la sensación de que molestaba a todo el mundo mientras estaban con las preparaciones de las cenas. Por su puesto, no le dije nada del regalo a mi madre, porque no quería que se pusiese celoso y es que él se quedaba por primera vez sin regalo por mi parte, igual que yo llevo años sin uno por la suya.

Ese mismo día por la tarde, quedé con mi amigo M y finalmente se nos unió por sorpresa JF. Son los únicos amigos a los que iba a ver en esos días. Estuvimos un rato tomando algo  y poniéndonos al día de nuestras vidas y luego cada mochuelo a su olivo para la gran cena.

Cuando llegué a casa estaba mi madre terminando de preparar los tuppers con la cena para mi abuela y la acompañé a su casa con la idea de pasar un rato con ella mientras cenaba. Digo con la idea, porque cuando llegamos a su casa, resulta que ya había cenado su tazón de leche con trozos de pan, como todos los días del año. Se había olvidado de que era Nochebuena y eso que se lo recordé al mediodía, cuando la fui a llevar la comida. Este año he visto a mi abuela mucho más deteriorada que otros años, tanto física como psicológicamente. Encima mi madre no entiende que los años pasan para todos y la regaña mucho, hasta el punto de que mi abuela la tiene miedo.

Precisamente ese miedo, junto a la bronca de mi madre, fue lo que hizo que esa noche mi abuela cenase por segunda vez, en esta ocasión lo que mi madre había preparado para ella en los tuppers. En ese momento ya amenazó con que al día siguiente prefería no venir a comer con la familia por Navidad, diciendo que a ella el sacarla de casa era matarla en vida, pero mi madre cortó de raíz la conversación y no le dió más opción que elegir la hora a la que ir a buscarla.

Mi madre y yo nos volvimos a su casa y cenamos los dos solos y tranquilos. Bueno, solos no, ya que teníamos la compañía de Lola. Luego estuvimos un rato viendo alguna de las galas que daban por la tele y a eso de las 23:45, mi madre se fue a la misa del gallo y yo a la cama.

El día 25 era el epicentro de la celebración familiar, ya que como expliqué en su momento, en mi familia se celebran las comidas en vez de las cenas. A comer acudieron mi madre, la madre de mi madre (mi abuela), la hermana de mi madre (mi tía) y su marido (mi tío) e hija (mi prima) y el hijo de mi madre (yo). Total 6 comensales.

La comida discurrió por los cauces habituales, sin discusiones reseñables y sin malos rollos. La protagonista de la sobremesa fue el nuevo miembro de la familia, Lola, a la que todo el mundo quería coger, acariciar y sacerse fotos con ella y desde luego, aquello no fue una buena idea. Apunto estuvo de darle un infarto a ella y otro a mí, viendo como mi familia maltrataba lo que me había costado tanto dinero.

Al final, todo quedó en un par de coscorrones para la pobre Lola. El primero cuando mi tía, a la que el animal desde el primer momento le demostró que no le caía bien, trató de posarla en la mesa y mas que posarla, por miedo a llevarse otro picotazo, la dejó caer desde un palmo de altura. Y el segundo algo más serio, ya que se empeñaron en que mi prima cogiera al bicho y lo hizo con demasiado miedo, de forma que cuando me la fue a devolver, soltó demasiado rápido y esta vez se cayó hasta el suelo. Menos mal que aparentemente no se hizo nada.

Me da rabia el trato que le dieron, porque justo en cuanto se cayó al suelo, todo el mundo recogió y se largó, dejándome a mí, con el marrón de tratar con el animal todo asustado y posiblemente herido, aunque al final no fue así. Me gasté más dinero para que fuese un loro de los que llaman papilleros, esto es, criados a papilla por el hombre desde el huevo, de manera que fuera super dócil y se dejase coger y jugar con ella. Por este motivo me preocupaba que a la primera de cambio y por el capricho de mis tíos, nos cogiera miedo a todos.

Después de pasarme toda la tarde dándole premios en forma de comida y caricias, parece que el animal se recuperó del susto y de paso, yo también. Al día siguiente ya despertó como si nada y dejándome cogerla y manosearla como antes. Ese era el día de la despedida y me tocó enseñar a mi madre a manejar al bicho, ya que hasta entonces, con los líos de las celebraciones no le había hecho mucho caso.

Y nada más, con mucha pena me despedí de ambas y puse la casa con ruedas rumbo a Madrid, porque el día 27 ya tenía que trabajar.

2 comentarios:

  1. Vamos, que poco más y vuelves a no contarnos lo de las navidades familiares. A vueltas con el loro. No, si muy muy navideños no os veo.

    A mi lo que más me ha sorprendido ha sido eso de la misa del gallo. Chuchi, yo pensaba que esas cosas solo pasaban en cuéntame, jajaja.

    Bicos Ricos

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  2. Pues sí, mi madre es de las que pasan más tiempo en la Iglesia que en casa y eso incluye la misa del gallo. Y el loro ha sido el centro de las navidades, por eso es tan protagonista en la entrada.

    Un beso!!

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